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Sunday, October 26, 2008

El Saqueo de las AFJP

Néstor Scibona | 
Al margen de la semana

La peor decisión en el peor momento

Por Néstor Scibona para LA NACION

Domingo 26 de octubre de 2008 | Publicado en edición impresa 

Si las perspectivas de la economía argentina venían complicadas después del conflicto con el campo y por la inédita crisis global, la sorpresiva estatización de la jubilación privada fue la peor decisión en el peor momento. Una bomba neutrónica contra la confianza de los que creen que en estos casos a los gobiernos les conviene manejarse con buenos diagnósticos y la mayor prudencia.

No hubo ni una cosa ni la otra cuando el gobierno de Cristina Kirchner precipitó esta imprevista confiscación de ahorros de futuros jubilados. Ni siquiera previó sus efectos colaterales sobre los mercados, en un período en el que ya preocupaban las compras preventivas de dólares y la fuga de capitales. Funcionarios que debieron ser consultados se enteraron por los diarios. Y hasta resultó patético que algunos habitantes de la Casa Rosada se sintieran aliviados cuando el Merval recortó pérdidas dantescas en un par de jornadas, sin reparar que ello fue producto de la apurada intervención de la banca oficial con el solo efecto de suavizar los titulares del día siguiente. Lo mismo puede decirse de los allanamientos ad hoc dispuestos por el juez Bonadío, que, con la suspensión de operaciones de las AFJP que debió rever, provocó a los afiliados más pérdidas que las que dijo querer evitar. Esta es sólo una pequeña parte de un problema mucho mayor. El anuncio y la inverosímil forma de presentarlo hicieron llover combustible sobre el fuego de la incertidumbre.

La señal que el gobierno de CFK transmitió explícitamente hacia dentro y fuera del país es que puede romper cualquier regla con tal de hacerse de recursos; y en forma implícita, que eso debe ser rápido para atender las necesidades financieras de 2009. Casi como un manotazo de ahogado, aunque las cuentas le cierren este año. El plazo de dos semanas otorgado a los bloques oficialistas para que aprueben la reforma es casi una orden para evitar cualquier debate de fondo sobre el futuro del sistema jubilatorio en un marco de alta inflación. Imposible un mayor aporte a la desconfianza.

La estatización lleva el inconfundible ADN de Néstor Kirchner. Para el copresidente, contar con caja fiscal es sinónimo de poder político y gobernar, sinónimo de gastar. Máxime con las elecciones de 2009 a la vista. En la práctica, el traspaso de un flujo de aportes por 4500 millones de dólares anuales que hasta ahora administraban las AFJP y desde el año próximo irían a la Anses permitirá al Tesoro compensar pérdidas de recaudación por la caída de precios internacionales de las exportaciones y alejar el fantasma de un default ante el cierre del crédito. No haría falta entonces bajar gastos estatales ni aumentar impuestos, acciones ciertamente antipáticas en un año electoral. Claro que no se trata de ?fondos de las AFJP?, como suelen repetir al unísono los funcionarios oficiales, sino de 3,6 millones de aportes regulares con nombre y apellido, que ahora irán a un pozo común que se llena y se desagota mes tras mes. Hace menos de un año, casi el 80% de los aportantes del sistema privado había optado por no mudarse al sistema de reparto.

Otra marca kirchnerista es la apuesta a todo o nada. La iniciativa no sólo traspasa al Estado el flujo de aportes, sino todo el ahorro acumulado de casi 30.000 millones de dólares. Ni siquiera un diputado no oficialista como Claudio Lozano, partidario del sistema exclusivo de reparto estatal, fue tan lejos cuando, en pleno tratamiento del presupuesto 2009, propuso que se traspasara el flujo de aportes al Estado para asegurar una prestación universal, pero sin afectar el stock. Nadie en el oficialismo apoyó su idea: el confiscatorio proyecto K no existía.

Todos detrás de los fondos

Aunque el Congreso pretenda blindar esos recursos para destinarlos a los actuales y futuros jubilados, los antecedentes del Gobierno no lo ayudan. El año pasado, contabilizó como ingresos corrientes (para gastar cada mes) los casi 2500 millones de dólares de fondos extraordinarios que recibió el Estado del traspaso obligatorio de la cartera de inversión de aportantes a las AFJP que acumulaban en sus cuentas menos de 20.000 pesos. Luego la Anses se dedicó a prestarle excedentes al Tesoro a una tasa inferior a la inflación.

El manejo del stock también es por ahora una incógnita. Con apoyos explícitos o silencios sugerentes, funcionarios, sindicalistas y empresarios comenzaron a pedir pista en el consejo consultivo que asesorará a la Anses. Algunos legisladores también. Cada uno imagina un traje a medida. ¿Quién determinará si parte de esos recursos financiarán obras públicas, centrales energéticas (la Argentina necesita invertir 2500 millones de dólares anuales en este sector), planes regionales, proyectos privados o se destinarán a fondear un Banco de Desarrollo, reforzar redes de asistencia social o prestarles a las obras sociales sindicales?

También la Anses anticipó que piensa actuar como administradora e inversora de la cartera que se traspase, aunque el proyecto no establece regulaciones en este sentido. Todo con un Gobierno que hace trampas al calcular la inflación. Por de pronto, el Estado se convertiría en acreedor de su propia deuda con los títulos públicos que en los últimos años colocó en las AFJP y ahora se aliviaría a sí mismo de necesidades de financiamiento. Pero tampoco se sabe qué criterio aplicará con las participaciones accionarias en empresas privadas, los fideicomisos de créditos para consumo o los plazos fijos.

En condiciones normales una reforma de tantas implicancias significa un fenomenal cambio de escenario, que obligaría al Gobierno a precisar respuestas a cada uno de los interrogantes. En medio de una crisis financiera internacional, mucho más. Pero el discurso oficial sólo apunta al envase ideológico, a medias verdades y a forzar que el debate parlamentario se transforme en un mero trámite legislativo.

En otras palabras, se está engendrando otra de las típicas políticas de viaje ahora y pague después que han caracterizado a la Argentina. El problema es que tanta incertidumbre agudiza compras de dólares que ya venían de arrastre por la crisis, lo cual ahora hace que en el mercado cambiario haya más demanda que oferta de divisas. Por primera vez en cinco años, si el Banco Central dejara flotar libremente el dólar, la cotización subiría. De ahí que se hayan convertido en un dato crucial para los analistas las estimaciones de superávit comercial para los próximos meses, en los que se prevén menores exportaciones e importaciones. El BCRA parecía dispuesto a no rifar reservas para alimentar la fuga de capitales provocada por la crisis internacional. Ahora tiene una preocupación más, generada desde este lado de las fronteras.

nscibona@speedy.com.ar

Wednesday, October 1, 2008

Por acá, a los tumbos

Joaquín Morales Solá 
El análisis

Por Joaquín Morales Solá 

Para LA NACION

Miércoles 1 de octubre de 2008 | Publicado en edición impresa 
  • Brasil y Chile están sintiendo ya las consecuencias en sus economías ?y en sus políticas internas? de la crisis financiera internacional. Mal pronóstico. Son las economías más ordenadas y prestigiosas del sur de América. En la Argentina, el colapso mundial encuentra a los Kirchner a los tumbos por obra de la economía trastornada y de la política frágil; ya estaban así antes de que el estrépito sacudiera los cimientos del sistema financiero.

Para peor, las más graves consecuencias en la economía real se sentirán en todo el mundo en el curso del próximo año. En 2009 habrá elecciones de mitad de mandato en la Argentina. Es cierto que la oposición está aún fragmentada y dispersa, pero ninguna encuesta le augura hoy un triunfo al matrimonio gobernante. "Sólo una oposición muy impotente podría permitirle al oficialismo un triunfo con el 30 por ciento de los votos", aceptó un ministro de Cristina Kirchner. Ninguna medición de opinión pública le permite al oficialismo algo más grande que un optimismo del 30 por ciento.

Los Kirchner nunca quisieron reconciliarse con el campo, aun cuando saben que de ahí podría salir la única solución nacional para sobrevivir a los tembladerales del mundo. Los ruralistas le propinaron al matrimonio gobernante la primera derrota política en la vida de ambos. ¿Venganza oficial sobre el sector agropecuario? ¿Penitencia? Un poco de las dos cosas se cuela en la política -o no política- con los ruralistas.

Sin respuestas

Ni siquiera las consecuencias de una devastadora sequía les ablandó el corazón a los Kirchner. Las imágenes de un campo seco, habitado sólo por animales que morían sedientos, debieron disparar en el acto políticas de emergencia y palabras de solidaridad oficiales. Nada. Se lo merecen. Hasta George W. Bush (que ciertamente no se enteró ni le importa enterarse) recibió el trato que los Kirchner le propinan a un adversario en desgracia.

El campo está encontrando en la venganza kirchnerista los efectos de la resolución 125, que es lo que le faltaba para desatar otra ola de protestas y de medidas de fuerza. "Nos está faltando el enemigo que se ve, que agrupa y que convoca a la sociedad", admitió hace pocas semanas uno de los principales dirigentes de la Comisión de Enlace. Problemas no les faltaban a los ruralistas, porque los Kirchner nunca reconocieron ninguno de sus conflictos. El tamiz ideológico deformó todo ante la mirada de ellos.

El principal obstáculo de los ruralistas consiste, sin embargo, en que tienen demasiados combates sin resolver como para encontrarles una sola bandera a todos. La denuncia de la venganza oficialista parece ser el primer paso en la construcción de un nuevo emblema.

El caso Antonini Wilson está dejando más huellas en la sociedad de las que los gobernantes aceptan, según los expertos en mediciones de opinión pública. La eventual corrupción es un condimento fatal cuando las cosas no andan bien para la mayoría social. Y las cosas no andaban bien desde mucho antes de que el mundo comenzara a perder el equilibrio.

En rigor, el intervencionismo del Estado defendido por Cristina Kirchner en los últimos días se limitó a la economía. Intervino mal, para peor. El resto del Estado es un páramo estéril e incapaz.

La crisis mundial también les abrió a los Kirchner, es cierto, una hendija para huir de la encerrona. Enardecidos contra la corriente intelectual neoliberal, terminaron haciendo todo lo que los neoliberales les aconsejaban hacer: salir del default con el Club de París y con los holdouts , salidas que, en ambos casos, están aún en proceso de incipiente negociación. Sólo les falta despedir a Guillermo Moreno y reconstruir el Indec para cumplir con todas las reglas del manual. Una línea recta nunca fue, para los Kirchner, la mejor manera de unir dos puntos; les gusta el zigzag, los serpenteos y las ondulaciones. Al final, siempre llegan adonde decían no querer ir.

Otro postigo abierto será el pretexto de que la desaceleración local de la economía se deberá a la recesión mundial. La economía argentina ya venía trastabillando por sus propias razones, aunque no dejará de sentir los efectos de un mundo menos amable. Relatos en estado puro, como le gusta decir a la Presidenta. Las sociedades culpan siempre de sus males a sus gobernantes antes de mirar lo que sucede en el mundo.

Cristina Kirchner, que arrastraba una crisis de confianza social, se topará, le guste o no, con las consecuencias de una tribulación internacional que pareció agradarle en sus comienzos. Sacudía a los Estados Unidos y no a la Argentina, suponía ella. Intuición fallida. Hasta Europa y Japón tambalean por esa crisis, y la Argentina no está descolgada del mundo.

Hay, a todo esto, una conclusión puramente argentina. Parece haber fracasado la idea política de que era bueno trasladar el mando presidencial del marido a la esposa; lo mismo habría sucedido si hubiera sido al revés. Cristina, por lo menos, está atada de pies y manos para cambiar políticas y funcionarios, porque el creador de todos ellos es el hombre que la espera todas las noches para cenar. Eso explica la incomprensible permanencia de algunos funcionarios, que significan ya casi un suicidio político.

La sociedad, además, no puede ver en el actual gobierno a un gobierno nuevo. Lo está juzgando como si fuera una administración de casi cinco años y medio. Ve las cosas, en rigor, tal como suceden.

Espoleada por la crisis internacional y por esos férreos límites humanos y políticos, la Presidenta no vive tiempos fáciles. Y los que vienen pueden ser peores.


Friday, July 25, 2008

Todo tiene un límite

Por Guillermo Oliveto Para LA NACION Viernes 25 de julio de 2008
A medida que el mundo cambia, suele modificarse el prisma a través del cual lo observamos. Muchas veces, sin que lleguemos a percibirlo, se altera la creación de sentido tal como la conocíamos. Corriendo tras el vértigo de lo nuevo, perdemos de vista ciertos anclajes básicos inherentes a nuestra propia naturaleza. La inédita conectividad de la que hoy gozamos expresa, casi como ninguna otra cosa, aquello que llamamos globalización. Todo está "a un clic". Nada es lejos en lo que Marshall Mc Luhan bautizó como "aldea global". La caída del Muro de Berlín tuvo implicancias reales y simbólicas. Una de las más potentes fue la pérdida de la noción de límite. El mundo ya no tendría fronteras. Sin embargo, como destaca Umberto Eco en A paso de cangrejo , la idea de una línea divisoria que separe terrenos -físicos o simbólicos- no es algo que podamos dejar atrás tan fácilmente. "El concepto de límite es tan antiguo como la especie humana, incluso como todas las especies animales. La ecología nos enseña que todos los animales reconocen que hay a su alrededor y en torno a sus semejantes una burbuja de respeto, un área territorial dentro de la cual se sienten seguros, y reconocen como adversario al que sobrepasa dicho límite." Lo que acaba de suceder en nuestro país podría bien plantearse en términos deportivos; después de todo, a lo largo de cuatro meses, los propios protagonistas pusieron el conflicto dentro de la órbita de un "clásico". Pero superado el encandilamiento de una definición competitiva, con "ganadores" y "perdedores" de por medio, hay otros mensajes que envió la sociedad en su conjunto -o en sus fragmentaciones- que vale la pena rescatar. El joven intelectual norteamericano Malcolm Gladwell se hizo famoso con su teoría del tipping point (´momento clave ). Ese instante, ese chispazo tan elusivo y difícil de precisar, a partir del cual algo que estaba latente de pronto se transforma en una ola incontenible. ¿Qué pasó en la Argentina para que todo cambie tanto en tan poco tiempo? El conflicto entre el gobierno y el campo provocó un tipping point . En este mismo espacio, ya mencioné que nuestras investigaciones a fines de 2007 presentaban un hallazgo para comprender el nuevo deseo que estaba a flor de piel entre la mayoría de los argentinos. Superada la instancia de la crisis y recuperadas ciertas condiciones básicas de vida, asociadas principalmente con la posibilidad de tener trabajo y acceder al consumo, la gente quería un "proyecto". Una demanda propia de una sociedad mucho más madura que la de los años 90. Ya no alcanzaba con consumir. Esto se volvía condición "necesaria pero no suficiente". Por "proyecto" entendían una visión de mediano plazo, una garantía del rumbo, una estabilidad que diera bases sólidas a eso que, justamente, se fue por la alcantarilla en este breve lapso: la confianza. Al entrar el conflicto en la agenda pública, lo hizo con la característica propia del siglo XXI: incremento exponencial. El primer cacerolazo, tras aquel inaugural discurso de la Presidenta, fue el tipping point . En ese momento, la sociedad comenzó a expresar que "todo tiene un límite". Pero no se trataba ni de las retenciones ni del estilo ni del discurso en sí mismo. Era algo mucho más profundo, que contenía esos componentes -como otros de corte ideológico, histórico, económico, de pura conveniencia o de "estómago"-, pero que los excedía. La gente vislumbró, sintió, palpó que la escalada del conflicto podía diluir aquello que tanto anhelaba y por lo que seguramente muchos habían depositado su voto apenas seis meses atrás: la confianza en un proyecto mejor, superador, inspirador. El reclamo de los sectores vinculados al campo marcó un límite. Casi imaginariamente podríamos suponerlo en el umbral del 40% de retenciones. El Gobierno encontró un límite con los cacerolazos del 16 de junio: debió mandar la famosa resolución 125 al Congreso. El peronismo tradicional marcó un límite: su propia reorganización es la prueba más fiel de ello. La protesta también tuvo su límite: al borde del desabastecimiento, los ciudadanos expresaron que no se podían seguir cortando las rutas y paralizar el país. Muchos intendentes encontraron un límite: sus propios vecinos lo pusieron. El gremialismo marcó un límite: se ha dividido. La economía encontró un límite: a pesar de un semestre que, con todo, no deja de ser muy bueno (se crecería cerca del 7%); la incertidumbre ha reaparecido cuando no se la esperaba. El consumo marcó un límite. Sigue más sólido de lo que muchos suponen (nuestras auditorías de mercado reflejan un primer semestre con +7% de crecimiento en volúmenes en la venta de alimentos, bebidas, cosmética y limpieza), pero la confianza de los consumidores, según el índice de la UTDT, está en los mismos valores de 2001. El contexto, desde el punto de vista estructural, es muy diferente, pero la sensación "térmica" es similar. Algunas imágenes, como los cacerolazos, laceran una memoria todavía fresca y confunden ciertas "sensaciones" con "realidades". Y, finalmente, el Congreso marcó un límite. Más allá del resultado, ambas votaciones fueron muy parejas. Eso ya fue, en sí mismo, un límite. El histórico no del vicepresidente terminó de trazar la raya. ¿Y ahora qué? En primera instancia, recuérdese que un "límite" no aborta el vínculo; sólo define territorios. En medio de eternas idas y venidas, Nik publicó en este diario un chiste que refleja el deseo de la gente. Allí, un locutor muy solemne dice: "En un breve y escueto comunicado, la gente quiere dar a conocer su parecer Ejem ¡¡¡ Pónganse de acuerdo YA, no los aguantamos más!!! Gracias". Se han mencionado intereses ocultos y conspiraciones de diverso orden, muy difíciles de comprobar, pero no por ello imposibles de existir. De hecho, en el fragor de las múltiples protestas, algunas de ellas fueron verbalizadas. Pero que la adrenalina competitiva no nos conduzca a la confusión: lo que quiere la gente es que le dejen vivir su vida en paz y poder soñar con un mañana mejor. Por eso, reclama diálogo, comprensión, negociación y, fundamentalmente, solución. Tanto de un lado como del otro, el verdadero deseo es poder gozar de esas pequeñas cosas que son justamente las más grandes: la familia, los amigos, los abrazos, los planes, el trabajo, los logros, los asados, el descanso, el estudio, el disfrute de la cultura, la persecución de los propios sueños. No es parte del interés general tener que andar preocupándose por cuestiones que son responsabilidad de quienes gobiernan y gestionan. Y, mucho menos, reconstruir escenarios nefastos por los que pasamos hace muy poco tiempo. Nadie quiere volver a 2001. La gente está hoy muy atenta y dispuesta a intervenir siempre que lo crea necesario. Esta es una nueva característica del mundo You Tube. Aquí y en el mundo, los ciudadanos y los consumidores se sienten con el poder suficiente como para autoorganizarse, y aprovechar las nuevas y accesibles herramientas tecnológicas para compartir y amplificar sus opiniones y convocatorias. Los gobernantes, las empresas y las marcas que no den cuenta de esta disrupción serán sorprendidos una y otra vez por ese Gran Hermano al revés en que se ha convertido la sociedad hiperconectada. Más allá de los numerosos costos que hasta ahora arrojó el conflicto -entre los que mencioné anteriormente el "costo emocional", además del político o el económico-, podemos rescatar lo que ha dejado como saldo favorable. En primer lugar, una sociedad que ya se auguraba más madura y que, frente a la necesidad, lo expresó de un modo contundente. En segundo lugar, la recuperación del debate racional, cuyo ejercicio engrandece. La prueba más clara fue, sin duda, la relevante participación del Congreso Nacional. Y, por último, pero no por ello menos importante, la creciente convicción -ahora sí- de que la Argentina tiene por delante una enorme oportunidad histórica. Durante varios años, muchos no creyeron en ella. La llamaron "viento de cola" o "coyuntura". Hoy, la gran mayoría coincide en que el mundo nos está volviendo a dar una oportunidad como no teníamos hace un siglo. Si, como señaló ese gran intelectual que fue José Ingenieros -enemigo declarado de la mediocridad-, todo lo que hemos vivido nos lleva a darnos cuenta de una vez de que "los hombres y los pueblos en decadencia viven acordándose de dónde vienen, y los hombres geniales y los pueblos fuertes sólo necesitan saber adónde van"; la angustia, el dolor y el sufrimiento habrán valido la pena. Seremos más grandes. El autor es consultor en tendencias de consumo.

Saturday, April 19, 2008

Despertar a través del sufrimiento

En el momento en que escribo esto, Buenos Aires, una de las metrópolis más grandes del mundo, se encuentra sumida en la peor crisis ambiental de toda su historia; esto representa todo un símbolo de los tiempos que corren.

No termina de recuperarse de un lockout del sector agropecuario que desabasteció al país, pero muy especialmente a la capital argentina, durante veintiún días, cuando un viento ¿inoportuno? aviva las llamas nuevamente.

En medio de esta situación, el Gobierno nacional no encuentra la calma y se defiende hasta de su sombra; en lugar de estar a la altura de las circunstancias para llevar calma a la población, sigue manejando la situación a la usanza de la vieja política, desestabilizando aún más el estado de cosas.

La oposición política pareciera que no lo hace tan mal, más no encuentra un canal para contribuir a la paz social y la cordura colectiva. El sector agroganadero, quien ha puesto en jaque al poder dejando muy claro que el gobierno nacional no tiene más “cuenta corriente”, pareciera creer, erróneamente, que el reciente apoyo de la gran mayoría de los argentinos es sinónimo de una “chequera en blanco”.

En medio del caos, el pueblo, principal víctima de las circunstancias, está demostrando una madurez inesperada y observa pacientemente la impericia de los núcleos del poder, actuando como un apropiado factor estabilizador.

Esta crisis no es ajena al resto del mundo. El conflicto y la guerra contra nosotros mismos está ocurriendo alrededor del planeta, manifestándose de una u otra manera: suicidios, guerras, escape a través de las drogas, problemas sanitarios, economías devastadas o crisis de crecimiento en un sistema del cual ya no se puede tirar más.

Realmente debemos saber que no hay mala intención de quienes no lo están haciendo bien; tan sólo es ceguera por mirar la realidad con la lente equivocada, situándose en un viejo paradigma donde las cosas se resolvían así. Tal vez mañana, esos seres que hoy actúan como si pertenecieran a una secta del fin del mundo, inmolándose en sus absurdas creencias, los encontremos despiertos y nos ayuden a salir de lo que hoy creen un callejón sin salida. Quienes hoy hacen tanto daño, tienen el potencial de hacer mucho más bien.

Para el que lo comprende, la única alternativa es permanecer en calma; para el que no, seguir dándose la cabeza contra el muro de sus propias ideas, dando manotazos de ahogado.

No es la acumulación de conocimientos ni la evolución del pensamiento lo que nos va a sacar adelante; tenemos todo el conocimiento y la tecnología para transformar el planeta de un día para otro y acabar en un lapso muy breve con casi todo el sufrimiento que nos flagela… De eso no hay duda alguna.

Lo que necesitamos es conectar con una nueva forma de ver la realidad que nace con aquello que, a todos sin excepción, nos dicta el corazón; se trata de una emoción profunda y generosa, un sentimiento de UNIDAD que brota de nuestras acciones cuando descubrimos el propósito de nuestra vida y comenzamos a crear belleza, sentido y sanación sin ningún esfuerzo, simplemente siendo quien realmente somos; un estado de conciencia que nos llevaría a comprender, en su manifestación más elemental, que somos socios en esta aventura llamada vida.

En todas las tradiciones espirituales o religiosas, se reconocen varias vías para alcanzar la Iluminación Espiritual, una de ellas, y parece que la preferida de los seres humanos, es el dolor. Muchos no comprenderán rápidamente lo que digo, pero poder ver esto, asimilar el sufrimiento y quedarse con él, nos permite trascenderlo más rápido de lo que imaginamos, liberarnos y dejar que la Divina Inteligencia nos abrace.

El 2008 es un año difícil… más observemos sin involucrarnos y veamos como el dolor también está depurando nuestros viejos absurdos, permitiendo que la belleza vaya manifestándose por aquí y por allá; de eso se trata este tiempo, de crear belleza… de dejar que florezcan pequeños espacios donde reine el amor en forma de gratitud, solidaridad o amistad… de ayudar a la Madre Tierra a que se sane a si misma y haga lo que los seres humanos desde una visión homocéntrica jamás pudimos hacer.

Las pequeñas acciones, en nuestros pequeños espacios, son las que ahora realmente cuentan.

Universos de Bendiciones.

por Pablo de la Iglesia, Ph. D.
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Friday, April 4, 2008

El grito sagrado

Por Marcos Aguinis
Para LA NACION

Viernes 4 de abril de 2008 | Publicado en la Edición impresa

Entre las infinitas anécdotas de Borges, resulta inolvidable la que protagonizó al referirse a un escritor cuyo nombre me abstengo de mencionar. Reconocía que inventaba títulos hermosos; lástima, añadía con sorna, que después les agregaba un libro... Su ironía era un tsunami. Pero también la considero útil para la reflexión. Hay títulos de enorme elocuencia que, en efecto, no necesitan mucho desarrollo. A ésos no se refería la lanza de Borges. Estoy fijado a otro de alta vigencia. Me refiero a El miedo a la libertad, de Eric Fromm. El texto que desarrolla es rico y valioso. Pero el solo enunciado tiene la contundencia de los primeros compases de la quinta de Beethoven o los de Así habló Zaratustra, de Richard Strauss.

La libertad es deseada, amada y voceada desde la Antigüedad. La rebelión de Espartaco se ha convertido en un patrimonio emblemático del género humano. Pero con la libertad somos tan ingratos como con la salud: cuando la tenemos, no la apreciamos. Hace falta sufrir la enfermedad para estimar la salud. Hace falta el yugo de la opresión para querer la libertad. En América latina, por ejemplo, a veinte años de haber recuperado la democracia en casi todos los países, resuenan lúgubres tambores que prefieren castrarla en nombre de fracasadas utopías, de controles, de dirigismos, de hegemonías empobrecedoras. ¿Por qué ese miedo a la libertad?

Uno de los libros más antiguos del mundo lo describe. En la Biblia se narra cómo el pueblo de Israel –mucho antes de que naciera Espartaco– se liberó de la esclavitud que padecida en Egipto, 3500 años atrás. Hubo que recorrer la catástrofe de varias plagas hasta conseguir la liberación. No fue un obsequio del tirano, sino una ruptura de cadenas ahíta de dolor. La alegría, no obstante, duró poco, porque el faraón pretendió volverlos a someter. Otra vez libres, llegaron al desierto. Y entonces, ante los desafíos que implicaba la falta de agua y de alimentos, se empezó a perder amor por la libertad que tanto había costado. Fermentaron los humanos reproches contra Moisés: “¿Acaso nos trajiste para morir en el desierto? ¿No había tumbas en Egipto?”

Era el miedo a libertad. Porque la libertad no es gratuita. Presenta desafíos, exige lucha, trabajo, responsabilidad. Algunos llegan a considerarla un lastre insoportable. Entonces renace la nostalgia por los tiempos en que eran esclavos, sí, pero no tenían que decidir, no eran los responsables de los fracasos. El fenómeno regresivo los devuelve a la primera infancia, en la que los padres se ocupaban de todo, en especial de las cosas difíciles, y eran los únicos culpables de que algo saliera mal. En las sociedades los padres son reemplazados por los caudillos o caudillejos, por Estados autoritarios o por fórmulas populistas. La gente se limita a quejarse y pedir, como un siervo al capataz. Pero no decide, no piensa y no hace.

Es un escándalo que la degradación de la libertad afecte a América latina. Hemos accedido a la independencia con el grito sagrado de la libertad. Nuestros himnos lo repiten sin fatiga. Ese grito, empero, suena en oídos sordos (no llega a la corteza cerebral) y es incluso ladrado por demagogos que lo profanan. Dictadores y demagogos de las más variadas pelambres lo han ensuciado con sus dientes voraces, sus hipócritas seducciones, sus torturas y crímenes. Y también lo han emporcado “libertadores” truchos que pretendían imponernos una nueva esclavitud a cargo de delirantes nomenclaturas inspiradas en la violación de los derechos y de la intransferible dignidad de cada hombre.

El socialismo, que nació para defender la libertad, cometió la alevosía de prenderse en diversas formas de opresión: primero la leninista, luego la stalinista, que hambreó al pueblo y fusiló a millones. Enseguida surgió un derivado directo: el fascismo mussoliniano, seguido por el nacionalsocialismo; más adelante apareció el populismo y ahora crece el “fachopopulismo” encabezado por Hugo Chávez, que anhelan imitar varias dirigencias continentales. Todas estas formas dicen bendecir al pueblo, pero condenan al hombre. Lo condenan a la esclavitud. Cambian la letra, pero el contenido es idéntico: cancelación de la libertad de opinión, de expresión, de movimiento, de iniciativa, de crítica, de diferencia. La individuación debe perderse en el anonimato de una masa amorfa donde los únicos que “saben” son el líder y su círculo de leales. La masa tiene que obedecer a la luminosa cabeza del que ejerce el mando. Desde arriba se indica qué producir, qué precios establecer, que impuestos pagar, qué aprender, qué difundir. Salirse del libreto es subversivo.

El socialismo que acabo de describir logró hundir bajo su taco impiadoso a casi media humanidad. Pero hay socialismos que no renunciaron a la libertad de origen y se alejaron, y se alejan cada vez más, de las versiones autoritarias. En América latina tenemos los ejemplos de Chile, Brasil y Uruguay. Allí continúa vigente el grito sagrado. No quieren una “liberación” impuesta por el mesiánico libertador que somete a todos los demás.

Los abusos del idioma confunden libertad con dictadura, progreso con reacción, Estado de Derecho con criminalidad, puesta de límites con represión, igualdad ante la ley con ley al servicio del que tiene “la sartén por el mango y el mango también”. Oligarquía con trabajadores rurales.

La idea de los padres fundadores, las que impulsaron nuestra independencia y progreso, las que elevaron la educación a un pináculo ejemplar y mejoraron nuestras instituciones son objeto de críticas por parte de quienes desprecian la libertad. La desprecian aunque digan lo contrario, como hasta hace poco afirmaban a viva voz que despreciaban la democracia porque era formal y burguesa. Quienes no se resignan al fracaso de la ilusión totalitaria y violenta buscan nuevos caminos para conseguir el mismo fin. En lugar de hacer la revolución pretenden ganar elecciones para enseguida modificar las reglas de juego y eternizarse en el poder. Buscan imponer la hegemonía o el partido único, seducen con prebendas al empresariado, hipnotizan a los pobres con subsidios, se apoderan de las riquezas del país mediante fideicomisos o testaferros, dividen la sociedad en buenos y malos para ganar en río revuelto, mantienen intacta la pobreza y la ignorancia, se esmeran en controlar los medios de comunicación, insisten en el pasado para esquivar los desafíos del presente, debilitan el andamiaje institucional, descalifican para ahorrarse refutaciones imposibles: oligarquía, reaccionarios, gusanos, derecha. Los enemigos de la libertad y la justicia son como un virus que se metamorfosea sin pausa.

Algunos países iniciaron la recuperación de los valores de la libertad mediante la acción corajuda de partidos socialistas: España, Portugal, Nueva Zelanda. Mario Vargas Llosa comentó que luego de dar una conferencia en este último país vio largas colas comprando un folletito. Se acercó y quedó perplejo: ¡era el presupuesto anual! Cada ciudadano quería saber qué se haría con su dinero. Y ¡guay de que lo malversaran! En cambio, en los países autoritarios y populistas, lo “normal” es la malversación, la ausencia de controles y el arbitrio absoluto de quienes ejercen el mando. Ojo: las “redistribuciones” suelen dar ganancias al que redistribuye, porque se queda con la parte del león. No le importa la equidad: le importa seguir en el trono. Son redistribuciones inmorales, tendenciosas, interesadas, inequitativas. Y que producen desaliento a la productividad.

No obstante, el grito sagrado de la libertad no puede ser silenciado. Aunque haya unos cuatro o cinco países latinoamericanos bajo la presión del “fachopopulismo”, la mayoría abre los ojos y prefiere la ruta de los países democráticos exitosos, como Irlanda, Estonia, Corea del Sur, Croacia, Eslovenia. Con pluralismo, libertad de expresión, circulación de capitales, crecimiento de la riqueza, excelencia educativa y mayor bienestar general. Es como si allí cantaran esa letra espléndida que aprendimos desde chicos: Oíd, mortales, el grito sagrado... Oíd el ruido de rotas cadenas.

El último libro de Marcos Aguinis es Qué hacer. Bases para el renacimiento argentino (Editorial Planeta).